2.4.13

Las fugas del papa


Después de un rato mirando la foto, caí en la cuenta de que los curas que acompañan al papa lo están vigilando, algo para lo que tenían razones suficientes. La imagen se tomó al día siguiente de que fuera elegido. El jesuita antes más conocido como Bergoglio se disponía a hacer algo extraordinario: la gestión mundana de pagar la cuenta antes de irse. Había estado durmiendo en el Centro Internacional del Clero, cerca de Piazza Navona, y debía un dinero, a 60 euros la noche, desayuno incluido. En aquellas circunstancias, vestido de blanco después del final del cónclave, el empeño en la normalidad sólo podía tratarse de una estratagema.

Hay que sospechar de la naturalidad. Hace unos años, cuando las copas de una boda, vi de lejos a uno de mis amigos entretenido charlando mucho con mis padres. Muy recto, gesto muy atento. Preguntas, algún cuento, repreguntas detalladas. Una compostura ejemplar de la que mis padres, también muy atentos, finalmente pudieron escabullirse. "Cómo iba tu amigo, eh", me dijeron a la mañana siguiente.

En la imagen, los curas del fondo también cuchichean mientras el papa simula saldar sus cuentas como si nada. También Camps vivió muchos días convencido de que pagaba sus trajes. Eso es a veces lo que se encuentra uno al final del poder, esa ilusión de normalidad, la rutina como método para dar esquinazo a la corte que vigila. A ratos todavía se piensa que hay vuelta atrás. Se acaba, como es sabido, en la costumbre de romper el protocolo, de manera protocolaria. Pagar la cuenta. Avisar al quiosquero de que cancele la suscripción al diario. Apagar luces innecesarias. Cuidados pasos de un plan de fuga. Y un grupo de curas cuchicheando al fondo.