21.3.14

El cocido de Heisenberg

Me acordé de Heisenberg el otro día mientras comía un cocido. No fue por los garbanzos, sino por algo que parecía haberles sucedido desde que conté que me había propuesto cocinarlos. La transformación que provoca contar. Por ahí se coló Heisenberg. Su célebre principio de incertidumbre viene a decir que, en los mundos de la microfísica, cuando uno se pone a medir algo, el sistema que utilice para hacerlo terminará por alterar la propia medida. De modo que en realidad resulta imposible medir lo que se pretendía, porque desaparece en el momento en que se fija uno en ello. Mientras lo comía, no podía pensar en el cocido como antes de contarlo.

Lo primero que sucedió después de anunciar que aquella mañana planeaba hacer un cocido y escribir un cuento fue algo de apariencia inocua: varios amigos se dieron por enterados. Por la expectación, al día siguiente confirmé que había cumplido ambos propósitos y Javi Muñoz aprovechó para terminar de convocar a Heisenberg: “Quiero leer ese cocido y comerme el cuento”, contestó. Me resultó aún más inquietante teniendo en cuenta la información de la que Javi no disponía sobre mi peripecia. Desconocía que para entonces ya había yo separado la sopa y le había añadido pasta de letras. Y que la noche anterior a su mensaje, Lucas se había detenido entre cucharada y cucharada para leer esa parte del cocido: “A, e, i, o…”.

Desconocía también casi todo sobre el cuento, pese a tener una leve implicación en él. El relato lo comencé hace ya un par de años, una tarde que vi fumando al borde de una piscina a un tipo exacto a Paul Auster. Después lo olvidé durante meses, aunque guardé los dos o tres párrafos de aquel día. De vez en cuando los recordaba vagamente. Por ejemplo, una noche en Oporto, mientras un taxista exacto a César Luis Menotti me llevaba al hotel después de entrevistar a un futbolista y me hablaba, claro, de fútbol: tácticas, promesas y traspasos. O también otra mañana, al ver una mujer exacta a Ana María Matute leyendo en la playa rodeada de castillos de arena que se iban derrumbando a su alrededor. Lo recordaba, pero no había vuelto a tocarlo.


Aún más tarde, hace unos tres meses, entré en La Central de Callao a mirar libros. No compré ninguno, pero en el bolsillo del abrigo me llevé el folleto que anunciaba la tercera convocatoria del concurso Relatos del bistró. El premio se componía de dos partes: 500 euros para gastar allí y llevarme los libros que dejé aquel día, y la impresión del texto ganador en los manteles de papel sobre los que se come en el Bistró de La Central. Eso tampoco lo sabía Javi (se estará enterando ahora), que el cuento que se quería comer había nacido con la aspiración de que el comer lo sobrevolara durante semanas.

Guardé el folleto en el abrigo precisamente por la promesa de los manteles. Hacía años que no escribía un cuento, pero pensé que merecía la pena hacerlo para aquello, para el entretenimiento de comedores solitarios. Y para colgar un mantel en la pared de casa. O para incrustarlo en la biblioteca. Las bases del concurso viajaron en el abrigo todo el invierno. Compartían bolsillo derecho con un cuaderno. En el izquierdo iba “Diez de diciembre”, los relatos de George Saunders. Cuando hacía frío resguardaba en ellos las manos. La derecha regresaba al verano, a Paul Auster fumando a solas al borde de una piscina.

A pocos días del final del plazo para escribirlo, fue desapareciendo el invierno y dejé de usar el abrigo. Entonces, después de meses de manosear el folleto sin añadir ni una palabra a los párrafos que había traído de Canarias, planeé sentarme el día previo al cierre de la convocatoria. Que era también el día que debía hacer un cocido.

Como es lógico, durante aproximadamente media hora simultaneé ambas ocupaciones. Escribía un cuento que quería encerrar a Paul Auster en un mantel mientras cocinaba los garbanzos, con su morcillo, su lacón, su tocino ibérico, su chorizo, su hueso. Y las letras para leer la sopa. Entre los ingredientes del cuento están ese Paul Auster falso que fuma al borde de la piscina, un monitor de aquagym ilusionista y “Aire de Dylan”, una novela de Vila-Matas de la que alguna vez había hablado levemente con Javi. Es decir, Javi ya estaba en el cuento antes de querer comérselo. Antes también de que yo me sentara a comer mi propio cocido y quedara paralizado por los efectos del pensamiento de Heisenberg derramado sobre los garbanzos.

Todo lo anterior, que en realidad no quiere decir nada, habría dicho algo totalmente distinto de no haber contado yo que aquella mañana planeaba hacer un cocido y escribir un cuento. Contar algo, el cocido, por ejemplo, lo transforma. Lo contado y sus alrededores. Quizá de ahí la incomodidad que impulsa a quejarse de quienes comparten en Twitter vulgaridades. Por las posibles perturbaciones de quien anuncia que va a tomarse un café. O a escribir sobre un cuento que ha escrito.