27.2.15

Esperar



En los primeros minutos de Amazonas, el camino de la cocaína, un tipo que se hace llamar Caín se esfuerza en orinar sobre una extensa cama de hojas de coca. Antes ha estado caminando un buen rato sobre ellas, con la cadencia testaruda de quien se ha empeñado en recorrer una sala de espera pese a la certeza de que no irá a ninguna parte. Calzado con botas de agua camina los primeros pasos del proceso de producción de la cocaína en algún lugar de la selva en el valle peruano del Vrae. Su receta contempla que después del paseo debe orinar sobre las hojas. Se ve que aporta a la droga un toque fundamental. Pero no le sale. Con él está también David Beriain. Poco antes le hemos visto trepar en furgoneta hasta casi 3.000 metros de altitud por una pista derretida en barro. El trayecto lo retrasa un derrumbe, cae la noche y se libra de un asalto por unos minutos. Ha ido a contar el comienzo del trayecto de la cocaína, pero a Caín no le llegan las ganas de mear.

Finalmente se encarga de eso un ayudante y Beriain puede avanzar. La película tiene disparos, sí; explosiones, cocineros enmascarados, pilotos de avioneta, laboratorios en llamas. Todo el paquete de un negocio clandestino multimillonario. Resulta un intenso viaje a un mundo inaccesible. Cualquiera de sus secuencias basta para sentir con cierto vértigo la distancia a la que el relato lo lleva a uno: de la butaca del Palafox a un asiento frente a Gato, un sicario que asegura haber matado a quince o dieciséis personas. Pero después de todo esto, aún queda senda un poco más allá. “¿Quién es a quien más quieres?”, le pregunta Beriain. Habla de sus padres, que no saben a qué se dedica, que prefiera que no sepan. Entonces se detiene. Quiere preguntar él. Quiere saber si hay un modo de regresar a su vida de antes de empezar a matar.

De cuando en cuando, como hace Beriain, el periodismo recorre ese último tramo que va de contemplar explosiones a palpar los límites de la vida. No es suficiente con estar; hay que esperar. A que un asesino haga una pregunta, a que otro llore, o a que alguien mee sobre un montón de hojas de coca.