6.7.15

Libro al agua

La otra tarde estaba terminando “Hambre de realidad”, de David Shields, sin saber aún bien qué pensar de él, cuando se acercó Claudia. “¿Puedo leer un poco?”. Claudia acaba de cumplir 6 años y todavía recorre las palabras con lentitud y cuidado, como si palpara un relieve. “Mi única manera posible de vivir, literariamente, es cavar mi propio espacio en los intersticios de la ficción y la no ficción”. Mientras se iba tropezando en “intersticios” y en “ficción”, yo pensaba cómo le iba a explicar qué quería decir aquello. O por qué creía que merecía la pena estar leyéndolo. Esto último no sabía entonces siquiera explicármelo a mí mismo. Mientras me preparaba para sus preguntas, la ayudé a salir del bache de “intersticios” y a descifrar la doble c de “ficción”. Terminó el fragmento 521, me sonrió y se echó al agua. El libro ya le había dado suficiente.

Poco después terminé las páginas que me quedaban, sin poder aún explicarme ni explicar el interés —fascinación a ratos— que había encontrado en aquel bombardeo-collage de ideas sobre la escritura, la ficción, la no ficción, la memoria, la autoría, el plagio, el sampler intelectual. No puedo desmenuzar las razones, pero sí señalar algunos fragmentos en los que he dejado marcas, además de los intersticios del 521.

Está, por ejemplo, el 183: “Los carpinteros restauran casas antiguas respetando el periodo arquitectónico en que fueron diseñadas, sin conocer el color original de las paredes. Si restaurar una casa es como escribir un relato de no ficción, y si elegir la pintura de la pared es como imaginar un momento de una historia amplia, ¿no deberíamos reconocer que la casa y sus paredes nunca fueron de un único modo? En una pared, a veces se caía el empapelado, a veces se colgaban cuadros, a veces los niños escribían sus nombres, a veces se posaban moscas, a veces se juntaba polvo, a veces daba el sol, a veces brillaban huellas dactilares. La historia perdida que el carpintero procura restaurar no es una historia única, sino un conjunto de relatos posibles, con distintas perspectivas desde distintos personajes, contadas en diferentes momentos por diferentes motivos. El escritor de no ficción que se empeña en revivir un escena perdida agrega una historia a la colección de historias que han existido hasta ese momento”.

O el 192: “La línea que separa los hechos de la ficción es más borrosa de lo que se suele admitir. El sentido común da por supuesto que, mientras que el novelista realiza una labor de imaginación creativa, el periodista debe contar lo que en verdad ocurrió, tal como ocurrió. Esa distinción es fácil de expresar pero difícil de sostener con rigor. Porque la imaginación y la memoria son gemelas siamesas, y no se las puede separar de un corte. Hay razones de peso para afirmar que cualquier versión narrativa es una forma de ficción. Desde el momento en que se ordena el mundo con palabras, se modifica la naturaleza del mundo”.

Al terminar el libro yo también me eché al agua.