11.9.15

Pita España

La marcha de la selección a Alicante, con Del Bosque cargando en brazos a Piqué, se da un aire a primera etapa de una fuga en la que España escapa de su propia crueldad rumbo a la Dinamarca de Rosa Díez. Ella huía de la indiferencia, igualmente cruel, y localizó allí su caladero natural, que tiene sin embargo el inconveniente de que no podrá votarla nunca. Villar olisqueó una emboscada de silbidos amontonándose ya a las puertas del Bernabéu y decretó el principio del éxodo. Lo que empieza en Alicante es un viaje incierto.

Al Rico Pérez llegará la selección con el eco de los pitos de León y Oviedo como estela. Piqué jugaba con la camiseta de España y unos cuantos españoles pasaron el rato silbándole cada vez que tocaba el balón. Según ha dicho, a él los pitos no le inquietaron. A mí me agitaron hasta impedirme dejar de mirar los partidos. Me ponía en el lugar de los silbadores: ¿qué hacer si marcaba Piqué? En cada despeje suyo veía el germen de un gol, y esa pequeña intriga me mantuvo ante la tele, como la inminencia del siguiente cadáver en Juego de tronos. Pero nada. Aunque seguramente lo habrían celebrado. Y luego seguirían silbando con naturalidad absoluta. Esa convivencia entre la maldición de lo propio y la celebración de lo maldito contiene una destilación de españolía. De ahí lo incierto de la huida a Alicante, donde previsiblemente se encontrará España con españoles. ¿Después qué? ¿Y si pitan a otro? O la final de la Copa del Rey, que también organiza la federación. ¿Y si vuelven a coincidir el Barcelona y el Athletic? ¿Cómo esconder a España de todos los españoles que quieren pitar algo español?

Este éxodo de Villar en busca de un lugar en el mundo conduce al vacío. Una España sin españoles. Dinamarca, tal vez.