28.6.02

Flechas

Resulta mucho más sencillo vivir dentro de la metáfora. Aunque esté llena de tierra y abrase el sol, o empape la lluvia, o hiele la nieve. Porque mide sólo 170 kilómetros, y tiene flechas amarillas apuntando a Santiago por todas partes. Es una metáfora de la vida casi perfecta en la que es imposible perderse. Por eso sólo es casi perfecta.

Yo no la he pisado, pero en un libro de Robés acabo de encontrarme, junto a sus fotos, una colección de jirones de alma de peregrino. Pequeños textos manuscritos que durante años se fueron dejando los que sí la pisaron en los cuadernos de los albergues. Pequeños desgarros, pocos de ellos fechados, que reconstruyen la metáfora que se fabricaban al andar. Porque sí es casi como la vida: de vez en cuando revienta una ampolla y hay que cubrir un trecho con una aguja clavada en el talón. O cae uno en la cuneta arañado de rastrojos por evitar el humo de un camión. O alguien promete que falta sólo un kilómetro para el descanso, y se apura el paso y se termina desfondado al descubrir que no se llega, ni después de dos, ni tres, ni cinco. Y otro promete un atajo que desciende por una colina atravesando una plantación de zarzas. Pero en el camino basta con seguir las flechas amarillas para dar con una taza de café y un colchón. Basta con seguirlas para alcanzar la catedral, donde reposan unas cuantas esperanzas. "Espero que ese humo limpie mis lágrimas y me dé fuerzas para volver a casa, las voy a necesitar", se lee en un textito de Marta Reig. Ella no es la única que prefería no terminar. Porque aquí fuera no hay camino. "Por un lado tengo ganas de llegar a la meta. Sin embargo, por otro lado siento tristeza porque de aquí a 3 días habrá terminado el Camino", escribió otro.

Después de leer estos jirones manuscritos, a mí, que no he pisado el camino, me gustaría darme un día de bruces contra una flecha amarilla. Mientras voy a comprar el pan o a subirme en el coche o a mirar el escaparate de los libros. Encontrar una de esas flechas y poder calcular entonces el número de jornadas que desde allí me quedan para cubrir mis 170 kilómetros. O los que sean.