5.7.02

Radio

Cuando mi semáforo pasó a verde y se desentumecieron los cuatro coches que tenía delante, una mujer arrancó a cruzar desde la izquierda. Me quejé, porque era muy mayor y sólo estaba cincuenta metros más allá. Era una insensatez. Mientras llegó a la mitad de la calle, me dio tiempo casi a alcanzarla. Llevaba la mirada perdida, entre somnolienta y borracha. De la mano izquierda le colgaba una bolsa del supermercado, y en la derecha sostenía un transistor con la antena extendida. Caminaba despacio amarrada a aquel transistor como quien sujeta un crucifijo contra los vampiros. Con la certeza de que la llevaría al otro lado si no lo suelta. A pesar de los cuatro carriles repletos de la calle San Andrés.

A mí la radio únicamente me ha aliviado heridas pequeñas, como durante el tiempo que pasé en el coche después del penalti de Joaquín. O como hace unos años, después de otra eliminación, cuando paseamos unas horas por nuestro piso de estudiantes con los locutores de fondo. Envolviéndonos como un bálsamo. De eso no me habían hablado en la facultad. Pero escuchamos un buen rato antes de acostarnos. Tampoco me hablaron en la facultad del hombre que llegó un domingo a este mismo piso y nos pidió una radio vieja. Nosotros le ofrecimos dinero, pero lo rechazó porque lo que necesitaba era una radio. Un par de noches atrás, le habían robado la suya, y sin ella no conseguía dormirse en su rincón del parque de la Taconera. Pero no teníamos una radio vieja que le ayudara a atravesar la noche.

Es raro que no dijeran en la facultad nada acerca del consuelo, porque sin duda vende periódicos y transistores. Hay muchos que se encuentran en el mundo como abandonados en la mediana de una calle con cuatro carriles, sin saber si podrán llegar a la otra acera. Y necesitan ayuda. Hay muchos que apagan la luz por la noche sin saber si encontrarán el interruptor a la mañana siguiente. Luego estamos los últimos, que -como Camacho- no sabemos si podremos esperar a la Eurocopa. Y a todos nos viene bien de vez en cuando un transistor al que amarrarnos para llegar al otro lado.