2.8.02

El violinista

Una vez conocí un D'Artagnan húngaro. Como este italiano que vacía las monedas de la Fontana de Trevi. En los jardines del palacio imperial de Budapest, hay una fuente encajada en una esquina, algo más pequeña que la romana, pero con una gran colección de dioses griegos colocados en tres pisos. Y se ve que también algunas monedas en el fondo.

Cuando llegamos al palacio casi se nos caía ya la noche encima, pero Pedro se empeñó en visitar la biblioteca, y el resto nos quedamos esperándole tirados sobre el césped. Los jardines se vaciaron y sólo quedó, unos metros más allá, un violinista muy joven, muy pálido, que tocaba con el estuche del instrumento abierto a sus pies. Después de la primera pieza, Armando dijo que no le daría dinero, porque había sonado demasiado triste. Pero la siguiente que atacó el chico salió redonda. Armando recogió las monedas que encontramos en los bolsillos y las lanzó al estuche. El chico levantó la cabeza y agradeció con una sonrisa sin dejar de tocar. Se nos iba el crepúsculo. Por detrás de la música nos llegó una especie de traqueteo cojo. Por la esquina del fondo asomó un hombre de unos cincuenta que se apoyaba en un bastón muy largo y calzaba chanclas un poco sueltas. Eso era el traqueteo cojo. Se encaramó al borde de la fuente, miró alrededor y saltó dentro del agua, que no llegaba a mojarle las bermudas. El violinista no levantó la cabeza de la partitura. El hombre paseó unos minutos entre las enormes estatuas de dioses griegos, rascando el fondo con su vara. Se agachó unas cuantas veces para sacar algo y meterlo en la mochila. Comprobó de nuevo que no quedaba casi nadie en el jardín, y apoyándose en el bastón salió de la fuente. Claqueteó sobre la gravilla y se largó detrás de la esquina por la que había aparecido. El violinista terminó la última pieza, se metió las monedas en el bolsillo, guardó el violín y el atril y se perdió por la misma esquina. No quedaba luz.

Cuando salió Pedro de la biblioteca tomamos el teleférico y bajamos al centro, pero pensé que aquel D'Artagnan húgaro merecía una paliza. Lo que no sé es si hay violinista en la Fontana de Trevi.