14.3.03

Maizales

Ahora que ha pasado casi un mes de lo de la vacuna del sida, ya puedo decir que por mucho que se empeñe Forrest Gump la vida no es como una caja de bombones, sino como un maizal a principios de julio. Un maizal bien crecido. Aunque ahora que ha pasado casi un mes de lo de la vacuna, quizá alguno necesite que se lo recuerde: después de cuatro años de investigación, se ha visto que una de las vacunas que estaban desarrollándose no era efectiva. También le recuerdo, por si las moscas, lo que se dijo del fracaso y los cuatro años al garete, porque la inyección sólo funcionaba en un cuatro por ciento de los casos, que es muy poco. Vamos, que se dijo lo que se dice cuando la vida es una caja de bombones.

Si le hacemos caso a Forrest Gump, todos los días abrimos la caja y gira la ruleta para ver si nos ha tocado un chocolate rico o uno de ésos rellenos de licor que dan tanto asco. Comemos lo que toca y al día siguiente vuelta a empezar. Otra vez desde el principio. Pero no: se parece más a un maizal a principios de julio. Seguro que Franklin estaría de acuerdo. Franklin probó unos seis mil experimentos de ésos que no sirven para nada, de los que fracasan. Una vez le preguntaron si no se sentía frustrado, cansado, desanimado después de no conseguir nada con seis mil intentos. No debía de haber bombones por allí, porque contestó casi lo contrario, que estaba animado porque se encontraba ya seis mil pasos más cerca de conseguirlo.

Cada uno de esos pasos es una parada en el interior del maizal. Un día nos arrancamos a cruzarlo, o nos encontramos cruzándolo sin haberlo previsto. Intentamos alcanzar el otro lado, la vacuna del sida, el pararrayos, la compañía para un vaso de whisky. Por el camino nos paramos seis mil veces. Sólo se ve, dentro de un maizal, el propio rastro. A veces ni eso, porque las mazorcas se cierran a la espalda. Entonces se puede pensar que se ha fracasado, que se han desperdiciado cuatro años. O se pueden tener los pasos contados y la convicción de que ésos se restaron de los seis mil que nos separan del otro extremo.