18.4.03

Un puño

Algunas cosas no se pueden decir aunque se trate de cosas razonables. Porque importa menos la razón. Porque la razón en ellas no importa. He visto a los voluntarios del mono blanco arrodillados sobre roquedales en los que bate el mar como si quisiera echarlos. Siguen ahí. Ahora que sólo nos queda Bagdad -y quizá Siria- ellos siguen ahí. Los he visto con una piedra algo mayor que un puño en la mano, redondeándola con la espátula mientras casi los tumbaba el temporal. Los he visto casi toda una mañana bizcos con su bola de roca. Pero quizá no merezca la pena.

Y eso es lo que no se puede decir. Porque son bellos los monos blancos enfangados. Porque cada mono manchado es -o debería ser- una bofetada a los mentirosos. A los miserables. Porque cada tipo que se quita el mono y vuelve a casa es un tipo algo más firme, más orgulloso. Sabe que van a ganar los buenos, porque habrá más buenos que rocas. Cada uno de esos tipos aguanta que el temporal lo bandee y le escupa salitre una mañana entera. Cada uno de esos tipos ha salvado un puño de costa, le ha ganado una batalla a la mierda, que no es poco. Que es mucho. Pero al lado, en la siguiente playa hay muchos menos que avanzan mucho más rpido con las máquinas de agua caliente a presión. No se quedan bizcos. Ni dejan al terminar la jornada un puño limpio, cerrado sobre un fondo de mierda. Por eso, si somos razonables, debemos decir que no merece la pena agarrar una espátula, teniendo quien luego puede llegar con el agua a presión.

Aunque eso es si somos razonables. Si la razón importa. O si es lo único que importa. O si nos va a salvar de algo. Pero salvar un puño de costa es una mañana de ida y vuelta. Se deja un puño y se regresa en el autobús con otro. He visto incluso a tipos que han escogido su piedra de una playa que otros habían limpiado ya. Otro lengüetazo negro las devolvió a la casilla de salida. Sin embargo, los he visto pasar la mañana mirando su piedra de rodillas, marcándole el contorno con la espátula. Un puño no salva la costa. Incluso es ridículo. Pero hay mil puños. Un millón.