31.10.03

Oferta

Nunca pensé que se pudiera tener El dinosaurio de Monterroso. Me han preguntado alguna vez con toda naturalidad si tenía La metamorfosis de Kafka, me la han pedido prestada, la he perdido en ese préstamo; y yo mismo le he pedido, devuelto y comprado varias veces. Para tenerla. También me ha sucedido todo lo de antes con El perseguidor de Cortázar, o con el perfil de Marilyn que escribió Truman Capote, y que se encuentra en Música para camaleones. He comprado y he prestado varias veces los libros que los incluyen. Para tenerlos. Para no perderlos. Pero sólo se conoce un caso similar con El dinosaurio de Monterroso.

Se ha contado muchas veces que en una recepción o acto similar con brillantes lámparas de araña y tacones afilados, le preguntaron a una señora qué le había parecido El dinosaurio de Monterroso. Ella, quizá asumiendo que todos los relatos son como La metamorfosis y pueden tenerse, dijo que todavía no lo había terminado. Por eso es el único caso conocido que, al salir de la recepción, podría telefonear a un amigo y preguntarle si tiene el cuento —no me reprochen la benevolencia, por favor—. Si yo fuera ese amigo —dejemos de lado todas las implicaciones y ciñámonos a la historia—, si yo fuera ese amigo, digo, me extrañaría la pregunta, porque hasta que hoy lo he visto en el libro que vendían con El País, nunca había imaginado que se podía tener el cuento: “Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”. Así que se lo recitaría. Probablemente cambiando alguna palabra: poniendo "aún" en el lugar de "todavía", por ejemplo.

Y lo haría con la certeza de que no se puede tener El dinosaurio de Monterroso, que quizá es la metáfora de la literatura perfecta: la que existe sin que a nadie le parezca necesario que figure en ninguna parte. La que existe aunque le bailemos las palabras, porque ni siquiera las necesita ya, como no necesita el papel, ni necesitamos guardar en la estantería el libro que lo contiene. Por eso me extrañó verlo en la página 59, y por eso lo ofrezco desde aquí en préstamo olvidadizo y distraído a quien lo quiera. Porque no me atrevo a abrirlo y arrancar el cuento.