20.2.04

Gotas

El fin de semana pasado entré por casualidad en una metáfora fallida. O eso me pareció. Mientras paseábamos por el Retiro, vimos unas veinte personas a la puerta del palacio de cristal. Eran unas veinte, aunque no siempre las mismas, porque entraban y salían, algunos con cámaras de fotos. Y allá fuimos también.

Había dos enormes estanques de cristal apoyados en patas, como enormes mesas transparentes de las que igual sirven para una autopsia que para una matanza. Había dos cubos, también de cristal, también grandes. Había luego un entramado de tubos de plástico que transportaban agua de la mesa al cubo, del cubo a la otra mesa, de allí al otro cubo, adonde caía desde cierta altura, y dentro del cual había un micrófono. Y había, también, un guardia de seguridad aburrido detrás de un mostrador donde, después de cruzar un par de veces la sala sin entender nada, cualquiera podía coger un folleto verde que lo explicaba todo. Me pareció, antes del folleto, que el guardia miraba al frente, quieto, como quien mira llover. Enseguida pensé que era una bobada eso que me acababa de decir a mí mismo, el tópico ese de mirar como quien mira llover. Lo pensé antes de leer el folleto, que explicaba que todo aquello era una manera de encerrar la lluvia en una caja de cristal, con sus sonidos y sus silencios, como quien encierra el invierno en un pisapapeles con agua y trocitos de papel. Pero sin muñeco de nieve que marque la estación. Supongo que por eso era arte: por lo que le faltaba el muñeco. El guardia, claro, tan cerca de los papeles lo tenía mucho más fácil que cualquiera, y por eso, después de tantas mañanas, miraba como tenía que mirar: como quien ve llover.

Sin embargo, a mí dio la impresión de que allí había quedado una distancia enorme entre la idea y la imagen de la idea, como cuando escribo y no se me entiende o se me entiende al revés, o un poco de otra forma. La misma distancia. El mismo abismo. El mismo vértigo que hizo que saliera de allí con la impresión de que el montaje y el folleto eran la metáfora de otra cosa, de esa distancia que intento salvar a teclazos, vaya.