4.6.04

Alambres

Contar algunas historias es como atravesar un foso caminando sobre un alambre. Como un funambulista desesperado por beber un vaso de agua que ha visto al otro lado. Ésa es la relación entre la necesidad de contarlas –o desentrañarlas– y la imposible dificultad de hacerlo. Porque al principio se ve el vaso y se siente la sed, pero eso es todo lo que hay. El resto no existe. Quizá, como mucho, se va haciendo que exista mientras se desvela. Es la sensación de quien tira del cabo de cuerda: temblando siempre por si no queda más después de la siguiente brazada.

Se atraviesa el alambre en una habitación a oscuras, con una linterna apretada entre los dientes y el viento lamiendo las orejas y las plantas de los pies. Se intuye más altura cuanto más se necesita el vaso. Más temblor en las piernas. Más viento. Más sed, claro. Pero entonces, en el cuarto oscuro, con los pies sobre el alambre, no hay vuelta atrás. No hay delante y detrás en esa noche. Cuando se ha dado el primer paso, desaparece el escalón seguro del que se parte. Y si la sed es mucha, además, hay veces que alguien sacude los dos extremos de la cuerda. Una tormenta cien millas adentro, podría ser. La habitación oscura, en ese instante que no termina puede convertirse en cualquier galerna, o en un inocente juego de comba. De patio de colegio, con bocata de nocilla escondido en el pupitre. Cualquier cosa que uno crea que no puede atravesar. A veces un simple biombo del que asoma un brazo. A veces mil calderos de lluvia. Cualquier cosa entorpece el final de la historia, aunque se haya visto desde el lado seguro. La distancia hasta contarla es siempre infinita, pase lo que pase.

Pero eso lo sabe perfectamente casi cualquier funambulista, y por eso nunca cruzan hacia un vaso de agua, sino que lo toman sentados en su caravana. El equilibrismo, como el contar historias, se enreda por el camino, y no todas las ráfagas de viento soplan desde fuera, ni todos los temblores llegan del público. El equilibrismo trata de la cuerda más que del otro lado, que no existe sin ella. Por eso a veces hasta un funambulista cojo consigue hacernos pasar un buen rato.