10.12.04

Escondite

Hubo algo que sucedió hace un par de semanas en un aeropuerto de Miami sin que sus protagonistas se dieran cuenta. Ninguno de ellos. Una viejecita –así la llamaba el teletipo de agencia donde leí todo; de veras– llegó allí para tomar un vuelo e hizo pasar su equipaje de mano por la cinta donde se mira todo con rayos X. Cuando se dispuso a recoger el bolso al final de la cinta, no se lo permitieron y se la llevaron detenida. En el interior de un libro que dijo que llevaba para el viaje, iban escondidos un revólver y seis balas.

Ante esta situación, ella dijo algo que creo que era rigurosamente cierto en dos sentidos: uno real y uno tremendamente metafórico. Aseguró que no tenía ni idea de lo que contenía el libro. Según su versión, había escogido el libro de una zona de la biblioteca fronteriza con la parte en la que su marido guardaba las armas. Sin imaginarse que había traspasado el límite y se había internado en la zona militarizada de la casa. Ésta es la parte de la historia que contaba el teletipo de agencia. La parte real, evidente, visible, aunque el meollo del asunto permaneciera invisible salvo para los ojos de rayos X. Ésta es la parte de lo que sucedió de la que se dieron cuenta los protagonistas. Queda otra, que creo que también sucedió. Como decía, la ignorancia de la viejecita sobre el contenido del libro era también real en un sentido tremendamente metafórico. Casi evidente, claro. Porque nadie sabe con certeza qué va a encontrarse dentro de un libro. Algunos contienen raciones más poderosas de realidad o irrealidad más poderosas que ese revólver con su juego de balas. Capaces de salvar o de terminar de perder. De dar aire, alas y viento de cara. De ahogar dentro de un globo que se eleva sin querer explotar. Y se eleva. O se hunde, quién sabe. En agua, fango o palabras. Dispara o repele. Se convierte, incluso, en la última soga que uno puede agarrar antes de caer.

Los policías de aquel aeropuerto de Florida atraparon una metáfora, algo infinitamente más complicado que encontrar una muñeca triste llena de cocaína. Aunque, claro, esta parte quizá no sucedió. O sólo lo hizo porque encontré el teletipo. Así de leve fue. Tan irreal.