21.10.05

A los puños

Yo he pensado alguna vez, como casi todos, que saber usar los puños podía salvarme de un naufragio. Luego, también como a casi todos, se me pasó. La mayoría de las veces no hay nada contra lo que despellejar los puños. Los buenos torpedos son siempre invisibles. Pero resulta que se puede cruzar el desierto a puñetazos.

No sé su nombre, pero había llegado hasta unos bosques de Marruecos en los alrededores de la frontera con Melilla. Para intentar saltar a Europa por encima de las vallas de espino. Había llegado después de meses caminando por el desierto. Cuando lo encontraron los periodistas que grabaron el documental para Telecinco, llevaba otros cuantos meses más en un campamento destartalado en un bosque, esperando a que llegaran otros como él, hasta que se juntaran los suficientes para un buen salto en masa. Pasaba los días reventándose los nudillos contra un saco que se había fabricado con desechos. O contra las manos de otro tipo que le ayudaba. O corriendo entre los árboles. O saltando a la comba. Este hombre -no sé cómo se llama- se preparaba para ser campeón del mundo de los pesos pesados. Eso es lo que contó, sentado sobre un tronco. Por eso había cruzado el desierto del Sáhara. Para ser campeón del mundo. Lo único que necesitaba para conseguirlo era llegar al otro lado, saltar la valla. Aquí podía encontrar uno todo lo necesario para terminar de concretar ese sueño, y cualquier otro. Con esa convicción salió de su casa. Con esa convicción cruzó el desierto mientras iban quedando atrás algunos compañeros más débiles. Muertos. Y con esa convicción, casi dos años después de salir de casa, agarró una escalera hecha con palos y saltó a Melilla. Él y otros doscientos o trescientos.

Cruzó el desierto a puñetazos. Gracias a eso se mantuvo a flote. Llegó al otro lado, para ser campeón del mundo. Unos días después los periodistas lo encontraron en un gimnasio de Melilla dándole golpes a otro saco. Más nuevo. Todavía iba a ser campeón del mundo.