28.6.06

Camino a casa

Cuando pitaron el penalti en Alemania, yo enfilaba en coche la Gran Vía. Bajé el volumen de la radio y las ventanillas. Avanzaba hacia Callao. Así podría oír los mil gritos de la Puerta del Sol, unas calles más abajo. Me llegó algo, tapado por los cláxones y por la sirena de un furgón de policía. Un poco más allá, a la derecha, unas veinte personas estaban paradas frente a un escaparate. No me pareció que se abrazaran, aunque como iba conduciendo pude fijarme poco. Pero sí vi, un poco después, a la puerta del Gula Gula, unos focos como de estreno de cine y tres tipos vestidos de cuero blanco: pantaloncito corto, correas cruzándoles el pecho depilado, gorras y mucho maquillaje. Creo que también tacones, pero no sé, ya digo que podía fijarme poco: conducía y ganaba España, aunque a ellos no les importara. Era curioso: con el volumen de la radio tan bajito y aquel paisaje, Villa bien podría no haber marcado nunca. Bien podría no haber comenzado el partido. Al llegar a Alcalá un padre y su hija, de completo rojo, misma camiseta, sostenían a medias una bandera de España, allí, sobre aquella isleta, desubicados, como si hubieran naufragado o se les hubiera hecho de noche repentinamente: solos. Estuve por bajar de nuevo la ventanilla para contarles lo del gol, que íbamos ganando, para ver si sonreían o lo que fuera. Pero iba conduciendo, ya digo, y volví a encontrarme, al doblar hacia el paseo del Prado con el furgón de policía, ya sin sirena, que se detuvo detrás de otros dos, al lado de la plaza de Neptuno, vigilando que nadie se bañara en la fuente. Pero estaban allí solos, con las vallas y los otros furgones, que quizá llevaban radios que daban el partido. No sé. Ya digo que iba con prisa, enfilando el paseo hacia Atocha, pasando al lado del Museo Thyssen. Vista a la izquierda: la baronesa no cuelga de ninguna copa de árbol; vista a la derecha: unas treinta personas vestidas de fiesta sostienen bebidas y canapés en el jardín (la velocidad hace imposible decir si comen el contenido de los tupper que la baronesa tenía previsto subirse con ella al árbol). Subo el volumen de la radio, por si se había acabado el mundo y no me había dado cuenta: pero no, seguía el partido con el 1-0. Todo bien. Al llegar a un semáforo en rojo, se detiene a mi izquierda un coche con dos niños, padre y madre. Ella con una bandera de España pintada en la mejilla, algo borrosa ya, como si fuera de otro día. A pesar de que suena en la radio que todavía se juega el primer tiempo en Hannover. Verde: acelero para llegar a casa. En la tele, se escapa Ribery (1-1) y comienza el final. Entonces, sospecho haber recorrido un trayecto sumergido en un tiempo falseado, durante el que los que quedaron detenidos ante el escaparate, los disfrazados de cuero, los que sostenían la bandera, los que bebían cócteles... todos sabían que el deseo se había desintegrado (3-1 para Francia), mientras yo corría a casa a ver cómo se destrozaba en el salón. Y nadie me dijo nada.

Technorati tags: