1.8.06

El fantasma de Pynchon

Es el rostro de un fantasma. Thomas Pynchon, como Salinger, como Cormac McCarthy, como el mismo Peter Frank, bien podría no existir. Pero nos hace dudar cuando, como buen fantasma, de tarde en tarde (que es cuando dan más miedo) cambia de lugar algún objeto de la sala.

La otra tarde se dijo que Pynchon había terminado un libro. Amazon llegó a publicar una sinopsis con su firma. Pero el texto desapareció enseguida de la web. O eso dicen algunos, que aseguran que la vieron. Como cuando una fotografía cambia de sitio sobre una repisa. Igual.

Pero no es la primera vez. Pynchon, a diferencia de Salinger, McCarthy y el mismo Frank, lleva tiempo exhibiendo rasgos de fantasma perfecto. Con sus travesuras y todo. No son sólo los libros que aparecen con su firma de cuando en cuando. No es eso lo mejor. Juega escudado en el tiempo, esa distancia que ha ido borrándole el rostro. Porque esta fotografía de Pynchon ya no es una fotografía de Pynchon. Han pasado decenas de años en los que, de existir aún, se habrá separado infinitamente de la imagen. Algo así como lo que se ve en esas películas en las que alguien muere y se eleva por encima de su cuerpo, que queda tendido sobre la camilla del hospital, donde le siguen electrocutando. Hay dos Pynchon: el fantasma y la foto del fantasma. Y no se parecen en nada.

El 18 de abril de 1974, en el Alice Tully Hall, en Nueva York, había mucha más expectación que nunca para la entrega del National Book Award. Había ganado un libro suyo, y él no había rechazado el premio. Así que las miradas probablemente cruzaban la sala con la misma desconfianza que se gasta en las primeras manos de una timba de póquer. ¿Será aquél?

Fue éste. Se acercó al micrófono y largó un delirante discurso de aceptación del premio que arrancó carcajadas desde la primera palabra (aquí se puede escuchar el principio). Pynchon había enviado a un tipo llamado Irwin Corey, un cómico al que todavía hoy es posible contratar. Aquel día, después de las primeras risas, aseguró que había ido en nombre del escritor y siguió hasta llegar al final. Dijo que debía irse, porque tenía otra cita, y se despidió dándole las gracias al señor Knopf, que, según las crónicas, en ese momento cruzaba desnudo por el escenario.

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