6.10.06

La jaula y el dominó

Confieso mi propio asombro al encontrarme pensando en Julián Muñoz. En él y en su compinche Roca, el que tenía un Miró en el baño. Pero intento convencerme de que pienso en ellos y, al hacerlo, los atravieso y desaparecen, aunque yo siga pensando después de haberlos dejado atrás. Porque cuando se ha desvanecido Muñoz, con su bigote y sus pantalones calados bajo las axilas, entonces todavía queda algo: ese cambio de cárcel, dicen que para que no le grabaran, para proteger su intimidad.

Atravesado ya el bigote del hombre condenado, por ejemplo, por el caso Banana Beach, me asaltan fragmentos repetidos en la televisión: baja del furgón de la Guardia Civil, dos pasos, desaparece por una puerta, reaparece, dos pasos, y al furgón. Deben de chirriar las lentes de las cámaras para exprimir el zoom delante de ese juzgado y alcanzar a verlo en esa rendija. Ese mismo paseíllo, a veces, con otros, se cubre con mantas. Como hacen también en algunos accidentes de tráfico, esa coreografía de hombres en círculo, con los brazos levantados, aguantando las sábanas. Pero no lo han hecho con Muñoz y Roca, y se repiten así incansablemente los fragmentos de los dos pasos adelante y atrás, como una moderna yenka de presidiarios. Eso sí se puede ver. Es algo así como el partido en abierto de los sábados: gratis y para todos. Lo que ya está feo es lo de los presos grabando con móviles y vendiendo luego escenas a 60.000 euros. Roca, gran jugador de póquer, reducido a la partida de dominó, por ejemplo. O el otro haciendo no sé qué cosas. Eso, por su intimidad, no. Repito la frase como un mantra hasta que termino viendo claramente a los leones de zoo, y no estoy seguro de si la jaula me protege a mí o a él. Siempre hay alguien en el zoo que intenta saltar la valla, o tirando piedras, o cacahuetes envenenados.

Y, claro, tampoco sé bien todavía a quién le sirve más la manta, tanto si está desplegada sobre algo como si no. Si es su intimidad, la mía, o ninguna, porque al fin y al cabo da igual. O si se trata sólo de que 60.000 euros son poco para un maestro del póquer que suelta la mierda contemplando un Miró.

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