19.6.07

La liga de Houdini

Termina la liga de fútbol y con ella también La bota de Panenka, mi colaboración con Libro de notas, que comenzó en noviembre del año pasado y que ha alcanzado junio en un mundo balompédico absolutamente distinto. Hoy, cuando todo ha pasado ya, estoy convencido de que esta última liga ha sido, claramente, una demostración del Madrid al más puro estilo Houdini. Por eso, la despedida de esta colaboración se llama La liga de Houdini:

Se ha repetido mucho que el Madrid se ha llevado la liga sin dar espectáculo, pero evidentemente eso es falso. Lo que ha sucedido es que no se ha sabido apreciar la naturaleza del despliegue escénico, algo nunca visto en décadas, una revisión de Houdini a once voces.

Con ese ingente proyecto por delante, los comienzos fueron extraordinariamente duros, bandeados entre la incomprensión y las imperfecciones propias de los primeros pasos hacia lo excelso. Pero nadie ha demostrado nunca que debiera ser fácil. Al contrario: se trataba de algo tremendamente cercano a lo imposible. Houdini se pasó una vida completa inventando artilugios que aparentemente lo empujaran al borde de la muerte, generalmente por ahogo, para luego escapar de ellos. Horas de ensayos y rediseños para inventar un riesgo dominado pero que se lanzara a los ojos de los espectadores como el filo mismo de la muerte volando hacia el gaznate de Houdini. Artefactos emocionales en los que entraba Houdini, pero en los que sentían sumergirse todos los que ocupaban una butaca. A eso iban. A colgarse boca abajo en un bidón de agua y perder el aliento, el color y la esperanza, hasta estallar finalmente con un último gran suspiro brillante y explosivo. Houdini era el terror que ninguno de ellos se atrevería nunca siquiera a rozar.

Así que tomen a once tipos dispuestos a alcanzar lo mismo, pero todos al tiempo. Imposible, por supuesto, qué otra cosa se podría pensar. Varias veces se ahogaron en el tanque de agua, como la noche que el Recreativo de Huelva volvió a casa después de haberle metido al Madrid tres goles en el Bernabéu. No era tristeza aquello, sino angustia, asfixia. La de 70.000 personas que ni siquiera sabían que habían ido a ver a Houdini.

Por supuesto que podrían haber olvidado esa insensatez. Podrían haberse dedicado a cualquiera de las especialidades circenses cultivadas por el Barça: la bella chilena de Ronaldinho rematando al Villarreal, los fascículos de autorretrato de Maradona esbozados por Messi, otra vez Ronaldinho y una falta casi recién inventada contra el Werder Bremen, atravesando un túnel bajo una barrera saltarina… Podrían, sí, haberse entregado a esos bellos gestos inútiles, sepultados luego por empellones como el 4-0 con el que el Getafe los sacó de los raíles de la Copa del Rey. Podrían, sí, podrían…

O quizá no. Tal vez sólo les quedaba la salida absurda de meter la cabeza en una bolsa de plástico, consumir el aire, y esperar a que el golpe del aliento recién recuperado al retirar la bolsa provocara la magia, o la ilusión de la magia. Así que continuaron por la senda de Houdini, descolgándose por barrancos con un único seguro no más sólido que el cordón de una bota. Más perfectos cada semana, a medida que colocaban los pies descalzos sobre el cortante filo del final de todo. [sigue aquí]

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