19.12.07

Carver contra Carver

Cuando se publicó De qué hablamos cuando hablamos de amor, en abril de 1981, los críticos se rindieron a Raymond Carver. Incluso consiguió una reseña en la portada del New York Times Book Review, algo poco habitual para una colección de relatos. Allí, Michael Wood escribió un largo texto que terminaba así:
En los silencios de Carver se dice mucho de lo indecible.
Un halago mayúsculo que debió de ser para él una tortura. Gordon Lish, su editor, había hecho lo que hacía siempre: había cortado un 40% del manuscrito original, limpiando lo que le pareció falso lirismo y sentimentalismo.

Carver brillaba especialmente por lo que faltaba. Pero ese brillo que disparaba Lish también le dolía:
En una reseña del último libro, alguien me llamó escritor "minimalista". El crítico lo decía como un cumplido. Pero no me gustó.
Muchas veces me he preguntado por las sensaciones de Carver al leerse después del paso de Lish, al abrir por ejemplo el paquete en que le mandaba ese manuscrito al que le había quitado el 40% y que él mismo había vuelto a mecanografiar. O al hablar de su trabajo en las entrevistas. La vida de un fantasma, casi.