20.5.09

Cazadores en Cuenca



Recorrer la Ciudad Encantada de Cuenca es como atravesar los restos de una gigantesca travesura de niño. También es como caminar a ciegas entre un puñado de poemas, de metáfora en metáfora. Y también como caer de golpe en el interior de la cabeza del último surrealista, aunque sin tener al principio pistas de que se ha caído en ningún sitio.

Enseguida se ve que alguien ha estado cazando metáforas antes allí. Ha encontrado un mar donde había una extensión de piedra, y le ha colgado el cartel: el puro hecho poético de tomar algo y convertirlo, con palabras, en otra cosa. También ha dado con un cocodrilo que lucha con un elefante, y lo ha dejado dicho en otro cartel. Y una tortuga, un perro, un barco. El lugar es una sucesión de hallazgos entre rocas agujereadas por el viento y el agua. Una colección de metáforas abandonadas entre los árboles. De algún modo, también, el final de la poesía para cualquiera que llegue después al lugar. Como si los niños tumbados sobre la hierba que ponen nombre a las nubes pudieran pincharles etiquetas con alfileres. Desde ese instante, las nubes ya no podrían ser ninguna otra cosa que ésa dicha con el alfiler. No tendrían ya de qué discutir los niños tumbados sobre la hierba, porque ya no buscarían: sólo leerían. Como tampoco busca nadie nuevas figuras escondidas en esa inmensa escultura kárstica de Cuenca. Se da por hecho que no hay más que lo etiquetado. De alguna forma, el tipo que colocó los carteles, cerró un mundo con la palabra. Lo secó de imágenes, y ni siquiera firmó su libro de piedras.

Recorriendo la Ciudad Encantada de Cuenca me preguntaba cómo sería aquello si no hubiera existido el tipo de los carteles. O si no los hubiera colgado. Qué sucedería si abrieran un lugar destinado a la caza de metáforas. No para niños que, tumbados en la hierba, miren nubes con etiquetas: no para lectores. Un coto para aprendices de poeta, que se entrenara cazando entre piedras, como quien atrapa mariposas. Para el día que necesiten encontrar el modo de explicar la angustia con un vaso de agua. O lo que tengan a mano.