26.3.10

El artista del vacío

Últimamente veo mucho a un tipo que se dedica profesionalmente a la creación de vacíos perfectos. De lejos parece un niño de diez años canoso: bajito, menudo y de paso veloz. De cerca cumple más: se le ha retorcido ya mucho una piel seca y morena que seguramente rasca como lija. Mientras trabaja, sonríe silencioso y con la vista al suelo. Sólo le he oído hablar cuando coincidimos en los vestuarios que usaba hasta hace unas semanas el antiguo personal de talleres del diario. Yo voy a ponerme ropa para correr y él, a calzarse el mono de trabajo: "Hasta los cojones. ¿Qué tal, majo?".

Quizá sea incomodidad por un trabajo de otros mal hecho. Los vestuarios que casi sólo usamos él, un compañero con el que aparece a veces y yo, son ahora una especie de cripta hueca con las paredes cubiertas de taquillas azules de gente que ya no está. Como nichos en cementerio. Quedan, sin embargo, algunos restos: un par de toallas colgadas en perchas, un bote de gel, una pegatina del Che, otra de Iniesta, un colage de mujeres semidesnudas en el interior de una puerta, un par de calcetines negros en un rincón, unos pantalones, un bote de colonia. Rastros de quien se fue con más prisa, menos nostalgia o más rabia. Normal, salvo que uno se dedique a lo que el tipo bajito. Lo supe después de tres o cuatro “hasta los cojones”. Al día siguiente de la mudanza a la nueva redacción, subí a nuestro antiguo lugar y me lo encontré. Pasaba la balleta a las mesas. Descolgaba de las paredes las fotografías, los papeles y los pedacitos de celo que se quedaban enganchados. Llenaba cajas con absoluto desinterés por lo que habíamos dejado atrás. Despejaba el terreno para el siguiente departamento que iba a instalarse allí. El tipo, ya lo he dicho, se dedica profesionalmente a crear vacíos perfectos. Lugares en los que nadie ha estado, que es lo que son aquellos que uno se encuentra sin rastro.

Poco después, me crucé con uno de los herederos de nuestro antiguo espacio: “Muy buen sitio, eh. Estamos encantados”. Como estrenando, pensé. Y pensé también en el concienzudo tipo bajito que camina deprisa. Y en el vestuario, los calcetines negros, el bote de colonia, la pegatina del Che, las toallas raídas. Al entrar allí el tipo bajito sólo puede pensar dos cosas: qué mal trabajo han hecho o "estoy aquí más yéndome que llegando". Hasta los cojones, en cualquier caso.