12.4.10

Encuentros de un corredor en el metro

Pese a todo, correr sí es raro. Ayer, cuando tuve que abandonar el medio maratón me metí en el metro, en la parada Iglesia, y me miraban como si se hubiera colado un pingüino. Con camiseta naranja, pantalones cortos, calcetines azul gas. Aunque se ve que a las mujeres mayores no les molestan los pingüinos en el metro, porque enseguida se me sentó una al lado en el banco. Un minuto después llegó otra que se encajó entre ambos sin importarle que yo, en los cinco kilómetros que corrí, había empezado ya a sudar. Cuando vi acercarse a la tercera, me levanté a cojear por el andén. Faltaban todavía tres minutos para que llegara el metro. Suficiente para más extrañeza.

−¿Qué? ¿Ya te has lesionado?

Ahora se me había acercado un hombre de barba blanca y chándal. Sin muchas ganas, empecé a explicarle lo de la rodilla, el pinchazo... Da igual: me cortó enseguida.

−Qué envidia me dan −dijo señalando enfadado al techo; bueno, a lo que había al otro lado del techo: los más de 10.000 que corrían el medio maratón−. Yo ya no puedo... y me dan una envidia...

Me contó algo confuso sobre sus problemas respiratorios y volvió a los lamentos.

−Qué envidia. El año pasado yo también corrí la media, ¿sabes? −bajo el chándal creo que le asomaba la camiseta de la edición pasada−. Terminé en dos horas 10. Y la maratón en cinco y media. Luego corrí la San Silvestre, en una hora 10. Pero ya no.

Volvió de nuevo a intentar explicar lo de sus problemas respiratorios, pero enseguida saltó al peso. Se tocó la panza, notable, y se quejó de que además le sobraban seis kilos.

−Ahora me voy a la Casa de Campo, a dar la vuelta a la tapia.
−Bueno, por lo menos hoy no habrá mucha gente corriendo −dijo intentando algo de consuelo.
−Siempre hay alguien. Los veo, y a veces también me lanzo a correr. Pero no puedo −esto lo dijo ya con la desesperación del adicto−. Tengo muchos amigos corriendo ahora la media, y me dan una envidia... Yo ya no voy a poder.

Ahí ya estamos en el vagón, rumbo a Bilbao, donde planeo bajarme para hacer un transbordo hacia Goya, rumbo al Retiro. Entonces, después de un rato como ido vuelve a mirarme antes de despedirse.

−Yo ya tengo 66 años, pero tú eres joven, y puedes volver el año que viene.