23.6.14

Una misión para Cesc

Desde el partido de Chile, he pensado mucho menos en el Mundial, pero si cierro los ojos, aún se me aparece, como un fogonazo brevísimo, una imagen de aquella retransmisión. Se trata de una mujer, con bandas rojas y amarillas pintadas en los carrillos y en el sombrero, que se descubre en las pantallas gigantes de Maracaná. Por entonces, España ya perdía 2-0. Es sólo un segundo, pero ella sonríe y se gira para avisar a su acompañante. A él apenas se le adivina otra sonrisa, porque mientras se vuelve, el realizador regresa a la desolación que corre por la hierba. Ellos, supongo, se habrán quedado aún un rato con la sonrisa, dudando si él también habrá aparecido en televisión, enviando mensajes a España preguntando si los han visto. Desde aquí lo normal es que los hayan mandado a la mierda.

Aquí España estaba confirmándose como la peor selección del Mundial, mientras ellos, en el estadio se interesaban por si en casa se veía lo mismo que en las pantallas gigantes. Esa sonrisa desubicada. Como si en el Maracaná que ellos habitaban el hundimiento no estuviera sucediendo. Algo como de los últimos capítulos de Lost, que es el regusto que me está dejando el Mundial en el que España ha quedado eliminada antes de empezar a jugar. Y en el que queda el partido de hoy contra Australia (precisamente una isla), cuando los jugadores ya han abandonado Brasil.

Mientras pensaba todo esto, y se me aparecía de cuando en cuando la sonrisa de aquella mujer (con la intermitencia de los coches que uno se cruza en la autopista de madrugada), sucedió lo de Cesc. En uno de los últimos entrenamientos antes del partido de hoy, formaba en el grupo de los que apuntaban a titulares con señales evidentes de no querer estar allí. A Del Bosque le enfadó su desidia y lo cambió de bando, para lo que tenía entregar su peto a Xabi Alonso. Pero cuando éste ya lo tenía agarrado, sucedió algo inquietante: Cesc se negaba a soltarlo, pese a que aquello le evitaba tener que jugar el partido y lo colocaba, de hecho, fuera de Brasil, a salvo de una ración de sufrimiento estéril.

Sin embargo, Cesc se negaba a abandonar la isla. Precisamente Cesc, que, siguiendo con Lost, es una especie de ancla que mantiene la continuidad de la línea temporal de la selección. Si mira uno hacia atrás, lo ve en todas las fotografías importantes: el penalti decisivo en dos tandas de desempate, el pase a Iniesta para el gol de la final de Sudáfrica. De modo que de repente el partido contra Australia me parece de los más importantes de la historia. En particular, que lo juegue Cesc. Lo contrario tendría seguramente efectos catastróficos. La desaparición del ancla, a la que él se resistía aferrándose al peto contra toda lógica, nos dejaría varados indefinidamente en esta angustia, incapaces de encontrar el camino a Rusia para disputar el próximo Mundial. Viendo en cada parpadeo la sonrisa de aquella mujer con la bandera de España. La destilación del mal: ahora ya puede decirse.