4.7.14

Espejismos mundiales

Quizá el jugador que vaya a terminar más desconcertado el Mundial es el argentino Ricardo Álvarez, que no consiguió que los nigerianos le dieran una sola patada en la casi media hora que pasó en el campo. Para cuando entró en el minuto 63, Messi tenía las piernas como si las hubiera puesto a disposición de una colonia de mosquitos una tarde de verano a la orilla del mar. Argentina ganaba 2-3 y Sabella lo sacó del campo para que no le pegaran más. Para que pegaran a otro. Pero el sacrificio de un falso Messi al apetito nigeriano lo único que consiguió es adormecer el partido hasta que los jugadores se fueron, quizá sin necesidad de que el árbitro pitara el final.

Esa tarde Álvarez, que sabe de siempre que no es Messi, se fue al hotel con la certeza de que ni siquiera se le parecía un poquito. Y sin embargo, había resultado fundamental para que Messi siguiera siendo Messi. Al estar tan lejos él de serlo.

Los Mundiales mantienen relaciones paradójicas con los espejismos. De Italia 90, que debió ser de Maradona o Baggio, quedaron, sin embargo, los ojos de Totò Schillaci, un siciliano que había debutado unos meses antes en la Serie A, con 25 años, y que fue máximo goleador del torneo. Supimos tan poco de él después de aquello, que no queda sino dudar de su propia existencia: si aquellos ojos enloquecidos se le salían por los goles o después de haber corrido en pelotas delante de la policía.

Pero Schillaci, como Álvarez, sucedió en un Mundial. Como la falsa caída de Thomas Müller que era una falta ensayada contra Argelia. Un ardid para el momento más decisivo de un partido de octavos que debían haber resuelto mucho antes: minuto 88, 0-0. Müller finge caerse mientras corre hacia la pelota detenida. Inesperadamente, los argelinos ni se inmutan. De nuevo la duda ante el espejismo: imposible saber si, de tan absurdo, detectan el truco al instante o si ni siquiera lo ven caerse. De tan absurdo, en la televisión dicen que quizá ha sido una caída real.

Así se construye esa textura de sueño fugaz que tienen los Mundiales. Pasan enseguida y se queda uno pensando si todo aquello sucedió. Y durante cuatro años (que están a punto de empezar) es lo que hay: la falsa caída de Müller, Casillas con la Copa, la mirada caníbal de Schillaci, el desbordante llanto de Neymar con el himno, Álvarez corriendo hacia el campamento de los mosquitos en busca de una patada.